Llevo dos horas ocupada en una tarea que me remite a mi mas tierna infancia... limpiar ventanas de laminitas, esas de las cocinas de toda la vida, con sus cristalitos que se pueden rotar para ventilar el olor a sardina frita. Huelga decir que tal invento del diablo es digno de una mente masculina pervesa que disfruta llegando a casa y encontrando a su mujercita encaramada en una silla limpiando las infinitas piececitas llenas de grasa que tiene el artilugio. Como vivimos en un piso que debe estar tal cual lo construyen hace 40 años y la perspectiva de encontrar uno más contemporaneo en sus gadgets y atrezzo a un precio razonable no se me antoja immediata (por decirlo de un modo poco contundente), aprovecho el exceso de tiempo libre para la ingrata tarea de quitar la mugre de al menos dos años. En casa de mi madre en julio invariablemente tocaba limpiar
a fondo la cocina y el baño (este año en rehabilitación conocí a una señora, mi compañera de ambulancia, que tras 8 meses de baja por cuestions varias, se lamentaba amargamente de no haber podido limpiar la cocina
a fondo en todo este tiempo, ella que lo había tenido siempre todo
como los chorros del oro, y yo respondía, si, si, es que hay que ver). Teniendo en cuenta lo poco sucios que estaban en casa de mi madre el baño y la cocina llego a la conclusión que lo que le ortogaba su carácter estival a la actividad no era el hecho de limpiar en si, sino de limpiar conmigo. Sospecho que movida por una deseo de enseñarme a ser buena ama de casa (fracaso estrepitoso), mi madre se emperraba en hacerme limpiar láminitas de cristal y aclarar bayetas y más bayetas.
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